Me llamó. Quería que pasara mi última noche en esa ciudad, con él, entre sus cálidos brazos. No pude decir que no. Estuvimos hablando, paseamos, reímos y entre miradas tímidas, besos que enamoran. Fuimos a su casa, y esos besos tímidos poco a poco fueron convirtiéndose en caricias. Yo no sabía muy bien que hacer, no muchas veces había tenido esa experiencia, así que dejé que él actuara. Me dejó estas encima, pero en mi intento de buscar el botón de su pantalón, encontré otra cosa, pero bueno, esa es otra historia. "Estás segura pequeña"me dijo. No sabía que decir, era una de esas situaciones en las que actuabas sin pensar. Le besé. Fue mi manera de decirle que si, que no parara, quería ser suya, esa noche, siempre. Me freno, me apartó de encima suya. "Pequeña, nunca lo has hecho antes, ¿verdad?". No pude mirarle, si decía que sí, pensaría que era una ingenua. Le miré tímidamente y agaché la vista. Me besó como nunca me habían besado, puso de punta todos los pelos de mi cuerpo. Se puso encima, y siguieron nuestras caricias. Besos en el cuello. Pequeños mordiscos por todo el cuerpo. Llegó un momento en que los dos ya habíamos explorado todas las partes del cuerpo del otro, así que retome mi búsqueda a ese misterioso botón, esta vez lo encontré a la primera. Llevaba unos boxers rojos, nunca he sido superficial, pero nunca le había tenido a él al lado vestido únicamente con esa prenda. No podía quitarme de la cabeza lo guapo y bueno que estaba. No me freno, me dejo seguir. "Estás segura pequeña" Sí conteste, nunca había tenido algo tan claro.
No me hacía daño, aunque en todo momento me preguntaba si me lo hacía. Me sentía bien. Nunca me había sentido tan bien. Era suya. Suya. Y él era mío. Era nuestra noche. Me abrazó y me dio un beso en la frente. "Eres perfecta" me susurró al oído. Le amaba. Quería que ese momento perdurara durante toda mi vida. Despertarme con 80 años y ver que él aún seguía a mi lado. Madrugamos. Mi autobús salía a las 8, recorrimos esa gran ciudad cogidos de la mano y un poco despeinados. No había nadie en las calles, solo él y yo, yo y él. Al llegar a la estación no hablamos de despedidas, le pregunté como se veía de aquí a diez años y acto seguido dijo "contigo, y nuestras dos niñas". Me encantaba su forma de ser. Era tan él. Sabía como enamorarme. Pero mi autobús salía ya. Me dio un beso, el beso más apasionado de toda mi vida y nos dijimos un "Hasta luego". Lloró. Lloré. Mierda, yo no quería llorar. Pero era inevitable. Subí sin poder mirar hacia atrás. Al llegar abrí mi bolso para enviarle un mensaje, y encontré una carta y una rosa. La carta decía "Gracias por todo pequeña, la noche ha sido perfecta. Tú eres perfecta. Déjame seguir demostrándote lo mucho que te quiero. Verte a mi lado ya me hace echarte de menos, porque sé que en pocas horas ya no estarás en esta cama, nuestra cama". En ese momento desperté en mi cuarto, sin carta, sin rosa, sin besos, sin amor. Todo fue una pura obra de mi imaginación. Lo que deseo y no tengo. A lo que quiero y no puedo conseguir. Triste e insignificante vida la mía. Triste y austera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario